Demostró que se puede

A pesar de lo triste que está siendo su final, el gran éxito de Quique Setién como entrenador de la UD Las Palmas es que ahora mismo nadie de dentro ni de fuera del club duda de que el camino más directo hacia la victoria pasa por apostar por el talento canario. Esto no quiere decir que el modelo no se pueda matizar, que haya que apostar por un estilo asociativo en el que se asuman ciertos riesgos desde el primer pase. La forma en realidad es circunstancial. El libreto táctico de Setién tiene sus particularidades, las cuales han sido fundamentales para consolidar su apuesta, pero lo importante para el club es lo que había detrás de las mismas. Una vez llegó el cántabro lo dejó claro: había aceptado el cargo porque creía en el futbolista canario. No era una cuestión de necesidad; Setién eligió a Las Palmas de la misma manera que el club le eligió a él de técnico.
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Su llegada coincidió, además, con la culminación de un proyecto que se había iniciado años atrás, cuando se decidió beber de las fuentes originales apostando por la cantera de manera decidida. Sin embargo, a estas alturas de la historia sabemos que este tipo de intenciones suele durar lo que los resultados acompañan. Porque al primer gran tropiezo, se duda. Y al segundo, ya se cambia. Pero Quique Setién llegó antes de que los problemas que estaba teniendo Las Palmas en su regreso a Primera División fueran a más. Antes de que en invierno se cambiara la política de fichajes, antes de que un posible descenso hubiese hecho replantearse aquello de la cantera, que es “muy bonito en la teoría pero al final muy poco competitivo en la práctica”. Quique Setién llegó, en definitiva, a tiempo tanto para el club como para muchos de sus futbolistas.

La famosa reconversión de Roque Mesa, la utilidad de Castellano como lateral izquierdo, la explosión de Vicente Gómez como interior, aquellos preciosos partidos de Momo jugando hasta como segundo pivote… Son muchas las historias individuales que han encontrado su sentido en estos últimos 18 meses, aunque ninguna sea resulte tan simbólica como las de Jonathan Viera y Tanausú Domínguez. La famosa reconversión de Roque Mesa, la utilidad de castellano como lateral izquierdo, la explosión de Vicente Gómez como interior, aquellos preciosos partidos de Momo jugando hasta como segundo pivote… Son muchas las historias individuales que han encontrado su sentido en estos últimos 18 meses, aunque ninguna sea resulte tan simbólica como las de Jonathan Viera y Tanausú Domínguez.
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Porque la carrera de Viera no había progresado como se esperaba, pero ahora mismo ya se encuentra confirmado como una de las estrellas ofensivas de la Primera División. Y en esto tiene mucho que ver Setién, que le ha convertido en un jugador de 60 pases por partido sin necesidad de alejarle de la zona que le hace especial. Es decir, sin necesidad de enjaularle. El tema es que jugadores como Viera no hay muchos. Ni siquiera la cantera canaria saca más de dos o tres por generación. Por eso de Vieras, Valerones y Silvas no se puede vivir, porque tan pronto como llegan se pueden marchar. La supervivencia del modelo se encuentra en evitar que perfiles
como el de Tana, un jugador especial a todas luces, se pierdan por el camino. Y de no haber llegado Setién, como él ha confirmado, igual no sólo la UD le hubiera perdido, sino también el fútbol.