El Real y El Filo del Mundo

Y entonces, en la orilla de un continente, al borde de un mar de aire infinito, rodeado por tres enemigos que le cortaban el camino hacia lo civilizado, su romanticismo incomprensible cobró sentido en forma de pasos de claqué. Karim ha sido un futbolista antológico golpeado por su diferencia; un jugador de aporte único que, a cambio del mismo, sacrificó la normalidad de un número “9”. Quizá habría preferido otra cosa, le habría resultado más fácil; pocos saben como él que, en este ahora teñido de inseguridad y miedos, apenas se sabe confiar en lo más corriente, en lo más tangible. De ahí que esta danza, que es la forma en la que su don abstracto se perpetuó en el mundo de las cosas, aspire a cambiar todo. Karim puso la jugada y definición de su carrera en la primera línea de su hueco en nuestra memoria. Fue allí, en el filo del fútbol, donde el ariete de hielo congeló la nada para bailar, por siempre, sobre la eternidad.
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La acción de Benzema certificó una supremacía que casi nunca pareció invisible. Simeone enfrentaba una misión utópica e hizo lo que creyó a su alcance para poder acceder a ella. Su apuesta consistía en un partido basado en el volumen, en la cantidad, en la insistencia; deseaba, a partir del empuje, que el encuentro transcurriese lo más cerca posible del arco de Keylor Navas, en pos de que cualquier fallo, fuera propio o fuese ajeno, sucediera justo allí.

Alineó a Fernando Torres para ir a buscarle por arriba y en largo, situó a Carrasco en la derecha para dañar la espalda de Marcelo, juntó a Koke con Filipe para tener una conexión que le permitiese atacar y crear peligro en pocos toques, e incluso dotó a Giménez, lateral derecho improvisado, de cierta libertad para acudir a zona de pivotes y liberar a Gabi y Saúl de cara a que adelantasen sus puestos y anduvieran lo más próximos que pudieran a un posible rebote en la zona de Casemiro, Modric y Kroos. La precisión no era muy alta, el control no existía, la coherencia avisaba de determinados agujeros que, para ocultarse a los ojos de la cínica práctica, requerían de algo que no dependía sólo del Atleti: que el Real se asustase. Y sucedió aquello que pudo sembrarle el pánico, pues en el minuto 16, tras un córner y un penalti, el Calderón prendió fuego a una llamarada al celebrar el 2-0 de Griezmann. Hay que mirarlo con perspectiva porque se trata de algo magno: de la mano del Cholo, el Atlético ha crecido tanto que, sin fútbol, a golpe de grandeza, abrió una eliminatoria que perdía por tres goles contra el equipo que controla el presente y ante el club que domina la historia.
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Pero el Madrid no tembló ni en pleno terremoto. Con la Décima, con la Undécima y con Zidane, esta plantilla de jugadores ha adquirido un conocimiento sobre la Champions League que le lleva a salir con ventaja de todos los puntos de inflexión que acontecen a lo largo de un cruce. Da igual que sea a su favor o en su contra, que acontezca recién empezado el encuentro o a pocos minutos del final, que implique a los grandes cracks o a los hombres de complemento; suceda lo que suceda, son los blancos quienes salen más enteros, y sobre todo con mayor claridad mental, tras cada uno de esos instantes que obligan a replantearse la actitud. Es algo pocas veces visto en los 61 años que van de competición.