Amsterdam

Fue una continuación de la ida. El pase a la final de la UEFA Europa League que ha conectado al Ajax con su glorioso pasado se fraguó desde el ida y vuelta como única opción a considerar. Sin más soporte táctico que la disputa individual, el Ajax y el Olympique de Lyon demostraron que el orden colectivo no les caracteriza. Como sucedió en Ámsterdam, nadie reclamó control ni equilibrio, y lo que fue más sorprendente, tampoco puede decirse que la calidad individual marcó las diferencias, porque a pesar de que Dolberg marcó un gol formidable -impresionante definición- y que Lacazette dio la vuelta al encuentro con dos goles, no pareció que ningún jugador estuviera por encima del resto ni que el acierto fuese alto (todo lo contrario). Fueron 180 minutos de mucho desconcierto, espacios por castigo e intercambios de golpes agradecidos por los errores técnicos y la escasa calidad táctica de los dos equipos.
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Y como ocurrió en la ida, todo el juego rondó el peligro sin concretarse en ocasiones, viendo que las medulares no se imponían y que las defensas trataban de hacerlo por exceso o por defecto. Lo de los sistemas defensivos de holandeses y franceses en este cruce ha explicado la falta de competitividad que vivió cada minuto y cómo eso propició que los corazones de cada afición se encogieran por ver de cerca un posible error fatal. Como esos fallos de bulto también eran compartidos por los delanteros, las posibilidades de gol se redujeron durante muchas fases, por más que se anunciara lo que podía ser una ocasión manifiesta de gol que no era después tal. Pasaron demasiadas pocas cosas en los primeros 25 minutos teniendo en cuenta la vulnerabilidad que mostraron los dos conjuntos.
Y es que para intentar explicar los planteamientos de cada equipo costó encontrar ideas que reflejaron fielmente lo que quiso cada técnico.

Se puede establecer que Mathieu Valbuena tuvo cierta presencia en su zona de influencia, pero que nunca pudo armar alguna sociedad potente con Fekir o Lacazette, y que Onana no tuvo que intervenir apenas hasta el gol de Dolberg, una acción que resume, aunque muchas otras lo harían de manera más gráfica, lo que ha sido el balance y el sistema defensivos de los hombres de Genesio. La colocación de los jugadores, la respuesta al contragolpe, la distribución de las líneas y el esfuerzo empleado para retornar fueron siempre contrapuestos al de la concentración, la continuidad y la seguridad defensiva.
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Con el paso del tiempo, sensación confirmada en la segunda mitad, fue cuando el partido se rompió tanto que era imposible unirlo. Fue tal el descontrol que los datos reflejaron un 67% de acierto en el pase entre los dos equipos, que olvidaron el poder de unas líneas juntas y el punto de tranquilidad que podría otorgarles dominio en un momento concreto. Para redondear la historia, se dio un punto de épica en los últimos diez minutos: hubo gol de Ghezzal, expulsión de Viergever… y poco más, porque el Lyon lo intentó pero pareció hacerlo con los ojos cerrados. Careció de claridad para prolongar el tiempo reglamentario. Así, los últimos 90 minutos de competición verán al Ajax, al jovencísimo Ajax de Bosz, en la final de Solna.